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El encanto bucólico

El encanto bucólico

Es en Granville, en los jardines de la villa a orillas del mar propiedad de sus padres, donde Christian Dior se forjó una cultura hortícola única perfilándose al mismo tiempo una sensibilidad a flor de piel. Lejos de conformarse con un conocimiento teórico, desde muy pronto metió las manos en la tierra e ideó algunas soluciones capaces de integrarse en el faraónico proyecto botánico de su madre: en concreto supervisará la edificación de una pérgola y de una rosaleda en la cima de un acantilado.

Granville, un jardín del Edén

En este jardín del Edén a la normanda, los perfumes, los pigmentos, la disposición delicada y precisa de los pétalos, el viento soplando entre los grandes pinos, agudizan sus sentidos. Allí hace acopio de las notas estéticas y olfativas que más tarde entrarán en la composición de sus creaciones y formarán la melodía de un espíritu. Rodeado por sus muros protectores, el jardín de su infancia se ríe de los caprichos del clima. Obedece tan solo a los deseos de Madeleine Dior, eficazmente secundada por su paisajista en ciernes, Christian. La exuberante vegetación de la villa de Rhumbs, los espinos blancos, heliotropos, glicinas, resedas y cómo no, las rosas, resultarán ser una inagotable fuente de inspiración, reconfortante y alegre, luminosa y colorida, refrescante y perfumada.
Finalmente todo Dior surge de este recinto de ensueño: la propia idea de «mujer-flor», las líneas Corola o Tulipán, el muguet cosido en los forros o en los dobladillos, colocado en el ojal de su chaqueta o encerrado en un frasco de Diorissimo, el bouquet de rosa, gardenia, salvia y musgo de roble que se escapa del ánfora de cristal de Miss Dior, la paleta de rojo amapola, amarillo junquillo, naranja capuchina, verde hierba, malva azalea, rosa peonía, azul nomeolvides…

Una pasión desmedida por las flores

En cada etapa de su vida, y también en los detalles más anodinos de la vida cotidiana, Christian Dior no cesó nunca de reconstruir la poesía y la magia de este jardín original. Tampoco escatima con la decoración floral del nº30 de la Avenue Montaigne, ese 12 de febrero de 1947, para su primer desfile de Alta Costura.

passion_jardins_fleurs_passion_vze_01Periodistas, compradores, personalidades y amigos son recibidos desde la entrada por hermosas palmeras-areca y se quedan pasmados ante los largos delphiniums azules, los guisantes de olor de rosas y el famoso muguet blanco adorado… mientras que el aire impregnado de Miss Dior envuelve las grandes faldas Corola.

El arte de cultivar sus jardines

Por encima de todas, la rosa seguirá siendo su flor preferida, una flor de variedades infinitas, la flor símbolo de Granville, recuerdo de esa rosaleda a la que tanto esfuerzo le dedicó. Sus perfumes, sus colores, las diferentes formas de sus pétalos: la rosa es un viaje en sí misma: «Para plantar una lila, un peral, un sauce, elegir los bulbos de los tulipanes, los colores de los cosmos y de las zinnias, conocer los cuidados que requieren los guisantes o el estragón, no hay nadie como Christian Dior… Después de la costura, lo que más le gusta es su regreso semanal a la tierra», analiza Marika Genty en la biografía «Christian Dior» de Marie-France Pochna. Lejos del bullicio parisino, de la celebridad y del éxito, encuentra refugio en los jardines de sus casas de campo.

passion_jardins_fleurs_cultiver_jardins_vze_02En Milly-la-Forêt, en el Moulin du Coudret («¡mi primera casa realmente mía!»), cambia sin pestañear su perfecto traje gris a rayas por su atuendo preferido de simple jardinero. Se pone sus botas caucho, su jersey de sport y su gorro y se dedica a filtrar y embotellar su licor de frambuesa, a plantar, a rastrillar, a regar... Además, su labor pronto da sus frutos ya que, según Françoise Giroud, «paseábamos sobre las flores». En sus memorias, Dior comenta su proyecto de jardín, que recuerda evidentemente al de su madre en Granville. «He tenido la suerte de conservar al fiel y maravilloso Ivan que se ocupaba de mi jardín de Fleury, así que le pedí que crease el de Coudret. A pesar de su tamaño, quería que fuera tan sencillo y modesto como los jardincitos de las casas de los campesinos que, en mi querida Normandía, bordean las carreteras. Para un resultado en apariencia tan sobrio, hubo que hacer verdaderos milagros, vencer a los pantanos, domesticar el río y domar al bosque que lo rodea. Así, resguardado del vecindario, con la vista exclusiva de mis flores, de mis canales y de mi pequeño estanque, puedo escuchar en paz las campanas de Milly.»

passion_jardins_fleurs_cultiver_jardins_vze_03En Montauroux, compra la hacienda de la Colle Noire, a la que insufla nueva vida. Hace construir un inmenso estanque y renueva por completo el viejo edificio que domina las vastas tierras plantadas de viñas, jazmines y cipreses hasta donde alcanza la vista. En la terraza de la habitación, florece la glicinia mientras que las paredes del comedor están tapizadas con una indiana de flores de inspiración del siglo XVIII que también florece en las cortinas, el mantel, la tela de los sofás… En este entono bucólico a más no poder, es donde desea apagarse. «Podré poner punto final a mi existencia y regresar, de otro modo, al jardín tapiado que protegió mi infancia (…) y vivir por fin tranquilo, olvidando a Christian Dior para volver a ser Christian.»

passion_jardins_fleurs_cultiver_jardins_vze_04La historia de la Maison Dior se escribe todavía hoy entre las flores de jardines de ensueño: en la última campaña de Sofia Coppola para el perfume Miss Dior, Natalie Portman ve La Vie en rose; Raf Simons presenta a las mujeres-flor de sus desfiles en lo más profundo de jardines preciosos, engastados con millones de pétalos y de corolas; los fotógrafos Inez Van Lamsweerde y Vinoodh Matadin hacen de Versalles un Jardín Secreto y este verano la exposición Impressions Dior en Granville muestra la relación que mantiene la Maison Dior con el movimiento impresionista desde 1947, esa corriente artística que supo mejor que cualquier otra captar todos los matices y las sutilezas de la naturaleza.